Las emociones son como olas.
Nacen, crecen, alcanzan un punto máximo y, finalmente, disminuyen. Ninguna ola permanece en la orilla para siempre, y ninguna emoción está diseñada para durar eternamente.
El problema no suele ser la ola, sino nuestra relación con ella.
A veces intentamos detenerla y construimos muros para que no llegue, (mecanismos protectores). Otras veces nos asustamos y creemos que nos va a arrastrar para siempre. También podemos quedar atrapados analizándola, preguntándonos por qué está ahí en lugar de simplemente sentirla.
Pero las emociones tienen una sabiduría propia: cuando les damos espacio, se mueven.
La tristeza llega como una ola para ayudarnos a procesar una pérdida. El miedo aparece para alertarnos de algo importante. El enojo surge para mostrarnos que un límite ha sido cruzado. La alegría nos invita a conectar.
Cuando una emoción aparece, puedes imaginarte de pie en la orilla observando el mar. No necesitas detener la ola ni convertirte en ella. Solo puedes decir:
"Aquí viene una ola de tristeza."
"Aquí viene una ola de miedo."
"Aquí viene una ola de enojo."
La observas, la sientes atravesar tu cuerpo y confías en que, igual que llegó, también pasará.
Porque tú no eres la ola, tu eres el océano.
Aquí te dejo una práctica sencilla:
Cierra los ojos por un momento y pregúntate:
"Si no intentara cambiar lo que siento durante los próximos 60 segundos, ¿qué sucedería?"
Luego respira y repite:
"No necesito resolver esta emoción ahora mismo. Puedo simplemente sentirla."
Te ayudo,
Nathy.
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